martes, 25 de noviembre de 2014

¿Ganar o aprender?

El sábado pasado tuvimos el primer partido de liga con el equipo Benjamín (8-9 años).

Nos lo pasamos muy bien, hubo reparto de minutos entre todos, con lo que los 12 niños (aunque tengo a más sólo pueden ir convocados 12) jugaron los mismos o casi los mismos minutos.

El otro equipo marcó 3 goles y nosotros 2. Ellos ganaron el partido.

En cada gol (bueno... tampoco es que metieran muchos) que marcaron mis niños me salía la sonrisa y la risa como cosa mala. Parecía un bobalicón. Y no es que esos goles nos permitieran en momento alguno ganar o empatar. Siempre fuimos a remolque. Pero... no sé. Simplemente no la podía aguantar.

Me daba igual el resultado. Para mí lo más importante era que todos (padres, niños, árbitro, mini-afición y yo) nos habíamos divertido y nos lo habíamos pasado fenomenal de una manera muy práctica.
Y digo de manera muy práctica porque, aparentemente, aquel sábado a cualquiera pudo parecerle que tan sólo se llevó a cabo un juego, un ejercicio físico, un partido, un deporte.
No es esa mi opinión.

El ejercicio físico es lo que menos importancia tiene de lo que allí pasó aquel día.
Al fin y al cabo, ¿qué trascendencia va a tener para cualquiera de mis niños a lo largo de su vida que aquel sábado de un Noviembre de 2014, cuando tenían 8 años, defendieran mejor o peor, metieran o no metieran un gol, le hicieran falta o no?

Las estadísticas (las mismas que dicen que sólo el 1% de todos los futbolistas llegan a ser profesionales del fútbol y pueden vivir de ello) nos dicen que es muy difícil que para alguno de mis muchachos les vaya a ser vital en la vida chutar mejor o peor la pelota, regatear mejor o peor al contrario, robar mejor o peor la pelota.

Lo que sí tenemos claro, no sé si gracias a las estadísticas, la vida, el sentido común o la propia experiencia, es que para estos niños y, para la gran mayoría, lo que SÍ que va a ser importante a lo largo de sus vidas va a ser el cómo reaccionen al realizar una falta fuerte al rival (o al recibirla); el cómo reaccionen al ver que su compañero ha fallado una ocasión manifiesta de gol (o fallarla ellos mismos); el cómo reaccionen cuando el árbitro les pite falta en contra (o a favor); el cómo reaccionen al ver que todos juegan los mismos minutos; el cómo reaccionen al ver que el mejor del equipo juega lo mismo que los demás; el cómo reaccionen ante un comportamiento reprobable de su padre o compañero de equipo para con el cuerpo arbitral, entrenador o jugador/es del otro equipo; el cómo reaccionen ante los compañeros de equipo que llegan puntuales a entrenamientos y partidos (o no).
Todo esto SÍ que va a ser importante para la vida de mis niños. VALORES.

Y este sábado ya me encontré algunas piedras en el largo y complicado camino hacia estos valores...


Había padres que estaban contentos.
Los contentos eran aquellos cuyos hijos, no muy buenos futbolísticamente hablando, habían jugado lo mismo que los demás (cosa que no ocurría con el entrenador anterior) y se sentían igual de importantes que sus compañeros. Y cito literalmente: "Para esto vengo yo, para que mi hijo salga del partido con una sonrisa gigante en la cara, gane o pierda".

Otros padres no estaban tan contentos: "Hombre... cómo no sacas más a Fulanito... Cómo has quitado a Menganito... Por qué no le has dado más minutos a Garbancito...".
Sus hijos habían jugado, y lo habían hecho bien, lo habían hecho muy bien. Pero aún así querían que jugaran más. De hecho, si de ellos dependiera, los buenos jugarían los 15 minutos de cada parte, y los otros niños jugarían 5 minutos de cada parte. Posiblemente ni eso. Os lo aseguro.

Que los niños vieran que, ni aun siendo la mismísima reencarnación de la fusión entre Cristiano Ronaldo y Messi, iban a jugar más minutos que los menos hábiles, se tornó en discurso agonizante al instante en que ciertos padres cuestionaron tal filosofía.
Yo pongo reglas. Ciertos padres abren la veda para criticarlas. Otros padres la apoyan. Ciertos niños no lo ven justo. Otros niños no ven justo que ciertos niños no lo vean justo.
La polémica está servida y, ese "agradable y propenso" ambiente, al fin se instaura en el equipo y su entorno.


Abordada y explicada la primera situación que aquel sábado ocurrió, me lanzo hacia una pregunta...

¿Son estos padres modernos y cuyas hazañas cito en última instancia anti-maquiavélicos? ¿Acaso los medios justifican el fin? Como padres que son, ¿no deberían darse cuenta? ¿No debería uno a ciertas edades saber ya qué es lo justo, lo que se debe hacer?

Siendo "no" la respuesta que a estas preguntas la realidad ofrece, se me antoja más difícil aún el camino hacia los valores.



"...y es que, además de algunas piedras ver a la vista alzar,
mis ojos hoyos, tristemente, comienzan a vislumbrar.
Afortunado de momento. Me veo en buen considerar.
Lo recorrido aun no me dijo: - Con cepos habrás de topar..."


Mientras sólo sean piedras y no cepos... Una "patá" y "arreando".



Todo bien. Yo apuesto por este modelo y ciertos padres no. Dejemos que ladren algunos, que se pongan contentos otros. No "problemo", lidio con ello por muy turbio que sea el asunto. Puede llegar la amenaza de quitar al niño del equipo y llevarlo a otro (ojo al dato, alguno de estos padres ha llevado a su niño a hacer las pruebas con el Real Madrid...). Sin problema, si el niño está más a gusto en otro sitio y el padre también, todos ganamos. Su felicidad será mi felicidad.

Ahora bien. Existe un organigrama. Existe alguien por encima de ti.
Por encima de ti no significa que tenga mejores ideas o que sepa más que tú (ni tampoco lo contrario).
Por encima de ti significa que te puede echar de tu puesto trabajo, ese puesto de trabajo que tanto amas.

Si resulta que la persona por encima tuya apuesta (y quiere que el equipo apueste) por un modelo en el cual lo que prima es GANAR, GANAR Y GANAR (¿he dicho ya que hay que ganar?)... tú me dirás.

Una de dos:
O pones a los buenos hasta que el partido esté asegurado (esto puede suponer el 60%, el 87% o el 97% de los minutos).
U obras un milagro para que los menos hábiles se transformen en máquinas. Veamos... Dos horas a la semana... Con la dificultad que ello implica a estas edades donde muchos no sabían ni patear una pelota hace un año... Cuando vuelven a casa y tienen tiempo libre se dedican a jugar a la consola o ver la tele... Me parece que no.

Pues bien, resulta que el sábado me topé con esa persona que está por encima de mí. Desafortunadamente, él no apuesta por mi modelo. Aun así, le tengo un gran cariño. Parece una gran persona. Un hijo dice mucho de un padre. Sin duda, el suyo es uno de los más destacados.


Ante esto se me plantean dos alternativas. Dimitir (que ni loco lo hago; mi amor por esta profesión es demasiado grande), hacer oídos sordos, seguir con su modelo, optar por un modelo híbrido.

Tiraré por el modelo híbrido. Irremediablemente pasa por dejar sin jugar más minutos a los niños menos hábiles y dar más minutos a los más hábiles, aumentando de esta forma la brecha existente entre ambos grupos.

¡Rumbo a toda vela! ¡Abandonamos el océano de la sinergia!



Tantas y tantas horas dedicadas a un juego. A entenderlo de niño. A jugarlo de joven. A verlo de adulto y anciano. Y a aprender con él a todas las edades.
Miles y miles de horas invertidas en este juego que tanto nos divierte.
Seamos listos. Saquémosle el mayor partido (nunca mejor dicho). No lo veamos meramente como una oportunidad para hacer que nuestro hijo se divierta y moldee un buen físico. Juguemos con inteligencia nuestras cartas e insuflemos valores a través de una actividad que, probablemente, durante toda la vida y durante muchas horas, va a estar acompañando a nuestro querido hijo.

Regálale unos valiosos y actualmente escasos VALORES.

¡Aprovechemos mejor ese tiempo!

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